La distancia entre lo que éramos y lo que somos ahora salta a la vista
Las capitales de países dominados por tiranías siempre son un enigma; guardan algo de atractivo. Por alguna razón, siempre hay alguien que, aunque no simpatice con el régimen impuesto, siente la necesidad de viajar allí, de conocer y de explorar más allá de donde son expulsados diplomáticos, agentes extranjeros, periodistas y hasta ciudadanos comunes. Caracas es un ejemplo.
Durante dos décadas, la capital venezolana estuvo casi cerrada para todo aquel que no fuese un adepto o aliado del régimen. Y quienes llegaban debían recorrerla bajo la mirada punzante de los ojos de Hugo Chávez. De esto nunca fueron víctimas los periodistas, cineastas o propagandistas de la tiranía, como Sean Penn y Oliver Stone.
Fueron 27 años donde se recibió con honores de Estado un importante número de criminales de talla mundial, mientras el país le daba la espalda a los aliados de toda la vida. Fue en esa Caracas que quisieron mantener clausurada y secuestrada para siempre donde pisaron suelo venezolano —por desgracia y para vergüenza nuestra— infames personajes como Vladímir Putin, Muamar el Gadafi, Mahmud Ahmadineyad, Daniel Ortega y, por supuesto, Fidel Castro.
Esa Caracas que alguna vez fue hollada por tiranuelos de toda calaña hoy se vuelve a abrir al mundo. Es señal inequívoca de un país que vive una nueva transformación; un país que poco a poco vuelve a la senda de la cooperación internacional positiva, de la cual nunca debió alejarse.
Aunque aún quedan muchas cosas pendientes por hacer en la transición hacia la democracia, Venezuela debe alegrarse de que su capital ya no sea pisoteada por auspiciadores del terror, representantes del totalitarismo ni criminales de guerra.
Hemos dado un paso enorme como nación al reencontrarnos con nuestros amigos de siempre y dar la espalda a aquellos que solo saben hacer daño a la humanidad
Qué distintos son los personajes que en las últimas semanas hemos visto llegando a nuestra capital. Son la antítesis de todo lo que describimos arriba: quienes se dedican precisamente a confrontarlos y derrotarlos.
Desde aquel 3 de enero que lo cambió todo, cómo se ha ido transformando Venezuela. Pasar de la cooperación con el "eje del mal" a cooperar para nuestra libertad con nuestros aliados naturales, los de toda la vida: Estados Unidos.
Antes de esa fecha, parecía imposible creer que altos funcionarios estadounidenses llegaran a Caracas con algo más que la intención de negociar rehenes o licencias. Ahora nos visitan con todo un plan para el desarrollo de la nación, para el crecimiento de la producción y para poner fin a todos los males que nos trajeron los personajes despreciables que mencionamos anteriormente.
Desde la llegada de John Ratcliffe, director de la CIA, pasando por el general Francis L. Donovan, comandante del Comando Sur, hasta llegar a Chris Wright y Doug Burgum, secretarios de Energía e Interior respectivamente, la distancia entre lo que éramos y lo que somos ahora salta a la vista.
Por supuesto, no podemos dejar de mencionar la reapertura de la embajada americana en Caracas tras siete años clausurada e inoperativa, ahora bajo el mando de la embajadora Laura Dogu, quien sabemos que funge como una especie de delegada de gobierno ante lo que queda del régimen venezolano; pues sería absurdo negar que Miraflores ahora está bajo tutela de la Casa Blanca.
Venezuela está cambiando y hay aspectos como este que nos lo demuestran. Hemos dado un paso enorme como nación al reencontrarnos con nuestros amigos de siempre y dar la espalda a aquellos que solo saben hacer daño a la humanidad, esas fuerzas que hoy van en franco retroceso.
➨ Artículo escrito por Joel Morales, periodista y activista político
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