Cada vez que ocurre un acontecimiento político de gran magnitud en Venezuela, nos acostumbramos a escuchar y repetir que estamos ante “horas decisivas”. Luego de lo ocurrido en la madrugada del 3 de enero, quizás el evento político de mayor trascendencia en la historia moderna del país, nuestra nación ya no está en horas decisivas, sino en momentos de decisión, muchos de los cuales ya se tomaron y otros están por tomarse.
A juicio de quien las analice, cada una de las resoluciones que se tomaron podrá ser errada o acertada.
En primer lugar, la ciudadanía —con la disciplina y la cautela adquiridas por la experiencia acumulada durante años de decepciones y falsos positivos— mantuvo la calma y, desde sus hogares, fue espectadora de lo que ocurría en Caracas. Era y es innecesario correr riesgos en las calles. Cada quien continuó su vida cotidiana, pero con la expectativa de los próximos movimientos.
Además, ahora que el león está acorralado, cada quien debe cuidarse de su reacción, sobre todo cuando comienzan a llegar reportes de una nueva ola represiva, evidenciada en la detención, durante varias horas, de 14 periodistas.
En segundo término, algunos sectores “opositores” también debieron decidir. Apenas dos días después de la ejecución de la operación Resolución Absoluta, debía instalarse la nueva legislatura en la Asamblea Nacional, “elegida” el pasado 25 de mayo de 2025 y que cuenta con una amplísima mayoría chavista, frente a una ínfima representación de los grupos políticos que lideran Manuel Rosales y Henrique Capriles —el lector sabrá qué tratamiento darles—. Esa aparente oposición debió enfrentarse a la dicotomía de asistir al evento y seguirle el juego al régimen o plantar resistencia junto a los venezolanos y mantenerse igualmente en sus hogares. Resolvieron hacer lo primero y, aunque el “diputado” Tomás Guanipa haya montado la pantomima de pedir, a modo de protesta, la libertad de los presos políticos, enseguida Jorge Rodríguez se encargó de recordarle que en el parlamento se hace lo que él ordena y manda. Ese grupo político también tomó una decisión y un camino que no respaldan la mayoría de los venezolanos.
En última instancia, las decisiones más importantes las debe tomar una de las protagonistas de esta historia: la ahora presidenta interina Delcy Rodríguez. Aunque lleva las riendas del país, su labor ya le fue comunicada: llevar a buen término la transición política y responder a las exigencias de Washington. Sin embargo, parece que el chavismo ha decidido huir hacia adelante y los discursos histriónicos se mantienen. En estas horas es cuando debe determinar el rumbo que llevará su “gobierno”: la transición o la continuidad, y cada una conduce a un camino diferente para todos.
Por ahora no se han visto los avances que todos los demócratas de Venezuela y del mundo esperamos: liberación de los presos políticos, apertura del canal humanitario y restitución y garantía de los derechos humanos y civiles, aunque ya desde Washington se asomó la aparente clausura de un centro de torturas en Caracas.
Mientras tanto, seguimos en calma, en la expectativa y —comprendiendo que cada transición guarda sus particularidades— tratando de llevar nuestro tránsito hacia la democracia y la libertad.
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