La apuesta por una transición calmada pero progresiva no busca mantener el control del país en las manos de quienes lo han tenido durante años, sino evitar que Venezuela se convierta en una nueva transición fallida
En las ciencias políticas no existe algo parecido a un manual para la transición política perfecta. Cada una de las transiciones de la dictadura a la democracia que se han efectuado en el mundo guarda sus particularidades. Cada ejemplo que podamos encontrar en la historia guardó —durante su ejecución— y guarda enigmas, misterios e incluso pactos subrepticios. Por supuesto, el caso de Venezuela no es ni será diferente, aunque en lo particular se trate de evitar los errores cometidos en experiencias anteriores.
Como se ha repetido en estos días, entre los venezolanos reina la incertidumbre ante un hecho sobrevenido el pasado 3 de enero, que nos ha dejado con muchas más dudas que respuestas. A medida que el tiempo pasa, no se perciben en la realidad los cambios que el ciudadano aspira: liberación de los presos políticos, apertura del canal humanitario y restauración y respeto de los derechos humanos y civiles. [Lea De las horas decisivas a los momentos de decisión]
Sin embargo, como ya hemos recalcado anteriormente, cada transición es distinta a la anterior y, en el caso venezolano, lo que se ha evitado es un shock, apostando por lo que sería una transición a cuentagotas: más pausada, más estratégica y que permita una adaptación progresiva hacia la nueva vida democrática.
Los venezolanos imaginamos durante años que, en el primer día de la era posmaduro, las celdas se abrirían y los presos políticos serían liberados; que la democracia se restituiría de manera inmediata y que los líderes naturales del país —quienes gozan de legitimidad popular— retornarían de su exilio para enrumbar a la nación por la senda del progreso. Totalmente distinto a lo que hemos visto en los últimos días.
¿Por qué una transición tutelada y progresiva? Desde Washington ya han señalado que sería para evitar el desorden y garantizar la estabilidad de la nación, manteniendo en el poder a quienes controlan el aparato militar y de seguridad. De lo contrario, de haber colocado de inmediato en Miraflores al liderazgo democrático —que no cuenta con ese control ni respeto dentro del estamento castrense— se corría el riesgo de un golpe de Estado y, con ello, el caos. ¿Por qué tampoco se ven avances en materia de derechos civiles y se mantiene la persecución? Dentro del chavismo —que ahora inaugura una nueva era, donde deberían primar las decisiones estratégicas que definieron el rumbo tras la caída del mando anterior— saben que levantar de un solo golpe todo el aparataje represivo que han mantenido durante años significaría perder el control de la calle. Esto se traduciría en protestas masivas contra los reductos políticos que aún conservan y el poder que les queda, o, en su defecto, celebraciones por la esperanza de una pronta libertad. En este caso, el caos sería para ellos y el tiempo en el poder, para quienes lo ostentan de momento, se reduciría aún más.
Con todo esto, la apuesta por una transición calmada pero progresiva no busca mantener el control del país en las manos de quienes lo han tenido durante años, sino evitar que Venezuela se convierta en una nueva transición fallida, como tantas que han fracasado en África o en Oriente Medio.
¿Qué podemos hacer? Mantener la calma ciudadana y continuar esperando los pasos que se van dando, tal vez lentos, pero firmes. Al final, la determinación por la libertad nos ha traído hasta aquí y nos llevará hacia el punto final que todos deseamos para esta historia.
➨ Artículo escrito por David Caballero, periodista, con sede en Madrid (España)
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