El socialismo, allá donde se instaura, triunfa en sus objetivos y hace fracasar naciones enteras, convirtiéndose en el perfecto sistema de esclavitud moderno
Los últimos cien años de historia están llenos de ejemplos claros de que el socialismo es esclavitud. Desde la Rusia de Lenin, donde oponerse a la revolución suponía el destierro o la muerte; pasando por la China de Mao, donde el pueblo estaba obligado a padecer infinidad de miserias solo por cumplir los caprichos del dictador; o la Cuba de Fidel, donde el régimen solo permite adquirir una cantidad limitada de alimentos —y eso si el pobre cubano tiene cómo comprarlos—; hasta la Venezuela de Chávez y Maduro, donde el régimen percibe al pueblo como un medio para satisfacer sus fines.
El socialismo, allá donde se instaura, triunfa en sus objetivos y hace fracasar naciones enteras, convirtiéndose en el perfecto sistema de esclavitud moderno. El ciudadano deja de serlo y pasa a convertirse en un ser que debe abandonar toda su voluntad para ser un engranaje más en la máquina del Estado-Partido Comunista/Socialista. Obligados a vivir con poco y a sonreír ante la miseria —porque quejarse no es una opción—, mientras los gerifaltes del partido viven la dolce vita. La moral y la espiritualidad deben quebrarse, porque solo debe prevalecer la visión del líder —Lenin, Mao, Fidel, Chávez—. El único derecho existente es el derecho a hacer lo que el partido imponga.
La literatura política y la historiografía están repletas de datos y documentos que testifican esto. Y quien aún tenga alguna duda, basta con que vea las noticias de lo ocurrido en Venezuela y Nicaragua en los últimos años. Sin embargo, toda esa documentación solo permite observar que los esclavos son los miembros bajos del partido —ciegos creyentes del sátrapa de turno— y el desfavorecido ciudadano. Pero ¿será posible que el “líder” del partido socialista/comunista sea, a su vez, esclavista y esclavo?
Desde su accidental llegada al poder, tras la muerte de Hugo Chávez, el ahora defenestrado dictador venezolano Nicolás Maduro terminó de imponer en su país una tiranía férrea. Gobernó con puño de hierro. Desmovilizó manifestaciones a punta de fusil y fuego. Llenó las cárceles del país de presos políticos y perfeccionó los mecanismos de tortura. Destruyó la economía, devaluó la moneda nacional y, para garantizar que la fuerza trabajadora dependiera cada vez más de su “voluntad”, se encargó de secuestrar todas las nóminas públicas.
Sin embargo, aunque durante años supo permear las dificultades y adversidades, su régimen comenzó a tambalearse. Y cuando la oposición venezolana logró derrotarlo por la fuerza del voto en aquel histórico 28 de julio de 2024, tuvo la oportunidad de reconocer su derrota y entregar el país a un nuevo presidente con legitimidad popular. No lo quiso hacer —fuera por decisión propia o por presión de sus más cercanos colaboradores—. Sea cual sea el caso, ahí fue cuando pasó de esclavista a esclavo de su propia revolución.
Los revolucionarios —ahora reaccionarios, con todas las de la ley—, es bien sabido, no iban a entregar el poder por las buenas. ¿A quién se le ocurre salir del poder por voluntad propia y perder toda clase de privilegios mientras se mantiene el control total de una nación y sus recursos? Vamos, tontos no son. Nicolás Maduro aceptó seguir en el poder para evitar el desprecio de su partido y compañeros. Cuando la presión estadounidense, bajo las órdenes del presidente Donald Trump, comenzó a hacerse sentir, Nicolás tenía la oportunidad de entregar a sus aliados y huir del país hacia un exilio —ahora sabemos que, gracias al Vaticano, hubo negociaciones para que se exiliara en Rusia, pero él mismo rechazó la opción— y permitir que Venezuela iniciara su transición. No fue así: se aferró al poder, se aferró a la revolución y creyó que la revolución se aferraba a él. Fue utilizado por una camarilla para mantener sus privilegios y terminó —todo apunta a que fue así— traicionado.
Quiso seguir jugando a esclavista sin saber que ahora estaba siendo esclavizado por la misma maquinaria que él había ayudado a instalar y que hoy se desmantela poco a poco.
Quienes aún quedan de la revolución pueden sopesar la idea de un exilio en Moscú o Estambul, muy distinto a ser prisionero en Brooklyn.
➨ Artículo escrito por David Caballero, periodista, con sede en Madrid (España)
Muy buen trabajo le felicito más claro no puede ser esto queda para la historia gracias lo volveré a leer buen trabajo
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